Hubo un tiempo en el que Massimo Vignelli vestía con una bata blanca. Consideraba que los diseñadores debían tener una vestimenta apropiada, como los científicos y los médicos.
Lejos de seguir insistiendo en el deterioro de la calidad del cliente, deberíamos pensar en cómo podemos mejorar nosotros y, de paso, mejorar la percepción que tiene la sociedad de nuestra profesión.
(Vignelli en una conferencia)
Como punto de partida, propongo estos siete temas de conversación:
El modelo de diseñador
Este país ha sido siempre un país de buenos diseñadores individuales. Personas tremendamente creativas, en muchos casos autodidactas, que han creado una empresa alrededor de su persona. Es el modelo de diseñador que, salvo excepciones, ha impuesto su estilo por encima del cliente y las necesidades del proyecto.
Durante todos estos años ha sido un modelo clave para promover y liderar el panorama del diseño español, pero me temo que este modelo esta agotado. Seguramente es un modelo de diseñador en extinción porque el mercado ha impuesto criterios más estrictos y el diseño ya no se entiende sólo como la forma estética de un proyecto concreto.
El modelo empresarial
Siempre he echado de menos en este país dos docenas de empresas medianas, de más de 50 empleados y una facturación importante. Los ejemplos internacionales son claros: Pentagram Design, Ideo Design, Frog Design…
Hasta la fecha nadie ha conseguido crear un modelo empresarial similar desde España. Una empresa con una gran cartera de clientes, un enfoque multidisciplinar orientado al proyecto, experiencia contrastada, que sea rentable y, sobre todo, que sea capaz de sobrevivir a sus fundadores.
Si contásemos con una docena de empresas de este tipo seguramente nuestra profesión sería más respetada. Este tipo de empresas podría ejercer mayor presión porque económicamente serían relevantes: crearían empleo, fiscalizarían en mayor medida, por tanto, y, sobre todo, sus propias estructuras les permitirían estar menos ligadas al día a día de los proyectos y los clientes para poder desarrollar así proyectos de investigación propios en diseño y comunicación.
Teniendo un modelo basado en diminutos estudios de diseño, es difícil que el cliente, la administración o la sociedad en su conjunto nos respete como el ámbito profesional ligado a la innovación y la creatividad.
El modelo educativo
Los diseñadores no hemos creado una empresa para ganar dinero sino para trabajar en lo que nos gusta.
Si miramos a otros colectivos profesionales que ofrecen servicios de asesoría o consultoría, no nos podemos quejar por la visibilidad y repercusión de nuestra profesión. Sólo hace falta mirar a un bufete de abogados o a una consultora de ingeniería. Sí, mucha menos visibilidad, pero ningún problema para explicar de qué va su trabajo y cuáles son sus tarifas y honorarios.
El problema radica en la formación. Un abogado, un ingeniero o un arquitecto reciben una formación mucho más intensa y profunda. Pasan unos controles de calidad mucho más exigentes y tienen una orientación clara hacia el proyecto.
Hasta que no tengamos un modelo común, al menos para educar a los diseñadores, no conseguiremos avanzar. Un modelo que no sólo enseñe al estudiante conocimientos técnicos y proyectuales, sino que también incluya el aprendizaje de los modelos empresariales.
El modelo representativo
Todos sabemos que los médicos, abogados o ingenieros tienen un código deontológico y unos colegios profesionales que velan por la calidad y los intereses de la profesión. Mientras no tengamos nada parecido, no tendremos una representación que pueda ejercer su influencia de manera adecuada.
La solución pasa por regularizar la situación de un gran grupo de profesionales, entre los que me incluyo, que sin ser autodidáctas no tienen un grado universitario de diseño. Si estos profesionales, que representamos la punta de lanza del sector, tenemos una convalidación y facilidades, la profesión habrá dado un gran paso.
Estas semanas he sido crítico con alguna de las asociaciones profesionales (no me faltaban motivos), pero hasta que no tengamos asociaciones profesionales económicamente solventes, que no dependan económicamente de ninguna administración y que cuenten con profesionales que reciban una remuneración correspondiente a su desempeño, no podremos tener nada: ni representación independiente ni la visibilidad adecuada a la realidad de la profesión.
El modelo de proyecto
Hace diez años fundé Erretres. Uno de mis primeros clientes era una empresa discográfica. Diseñaba campañas, portadas de discos, carteles para la calle, etc. Todo esto casi ya no existe. El mercado discográfico, el sector editorial, la prensa o el cine son sectores que tradicionalmente han dado mucho trabajo a los diseñadores. Además, muchos de los proyectos tenían la finalidad de terminar impresos.
Actualmente, las empresas que tienen un mayor crecimiento y volumen de negocio son empresas que están orientadas hacia el desarrollo de proyectos web. Los diseñadores gráficos perdieron el tren, a muchos de ellos jamás les interesó diseñar websites, y sólo hay que echar un vistazo por la red para ver que hay mucho trabajo por hacer.
En estos diez años el cambio tecnológico ha sido brutal y esto no tiene pinta de parar: redes sociales, tabletas, smartphones… ¿Qué podemos aportar como diseñadores a estas nuevas plataformas?
El modelo organizativo
La digitalización de todos los procesos ha derribado todas las barreras. La disciplina del diseño se entiende como una y no tiene mucho sentido la especialización. Cualquier estudio de diseño aborda proyectos de identidad, diseño editorial, websites, todo aquello que pueda “diseñarse”.
La metodología de una u otra disciplina no es muy diferente y lo que cambia, seguramente, es el equipo. Estructuras, equipos y espacios flexibles son la clave para poder afrontar con garantías de calidad todo este tipo de proyectos.
Por otro lado, si los abogados, los consultores y los arquitectos se unen para ser más fuertes y abordar proyectos más grandes ¿por qué no lo hacemos los diseñadores? ¿Acaso porque no compartimos un modelo?
El modelo de mercado
Evidentemente no es el único que lo ha conseguido, pero sí el más reciente. Ferran Adrià nos demostró que, desde una cala en un rincón de Gerona, podía ser el mejor cocinero del mundo. Tardó diez años en llegar a la cumbre pero, una vez conseguido, arrastró tras él a todos los grandes cocineros de este país. Ahora la cocina española es la más importante del mundo y se ha configurado en una industria de proporciones considerables, capaz de exportar a todos los rincones del planeta.
Redes de contactos profesionales, acceso inmediato a una cantidad ingente de información, recorte en los tiempos de producción, un mercado inmenso ante nosotros, etc. El mundo tal como lo conocimos no volverá. Internet ha derribado todas la fronteras ofreciendo oportunidades inimaginables hace tan sólo unos años. La pregunta es ¿estamos preparados para competir globalmente?
La conversación está abierta.
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