Hasta mediados de enero, La Casa Encendida acoge una exposición dedicada a los últimos diez años de creación de Louise Bourgeois (París, 1911 – Nueva York, 2010), una de las mejores y más influyentes artistas del siglo XX, considerada la madre del “confessional art”, cuya representante actual más destacada sería Tracey Emin.
En las obras de “arte confesional”, los elementos autobiográficos ocupan un lugar central. Por ejemplo, Louise Bourgeois reconocía que “todas las obras que he realizado en los últimos cincuenta años, todos mis temas, se han inspirado en mi infancia”. Una y otra vez aparecen en su obra los traumas de Louise niña: la decepción que le supuso a su padre saber que había nacido una niña en vez de un varón, que su profesora de inglés se convirtiese en amante de su padre durante veinte años, que su madre tolerara esta situación, el sentirse traicionada y abandonada por estas tres personas, la dignificación y análisis de lo femenino…
Una de las obras más singulares de la exposición de La Casa Encendida (todas son maravillosas) es el libro Ode à l’Oubli (Oda al Olvido), de 2002. Como toda su producción artística, está íntimamente ligada a la vida de Bourgeois; enseguida veremos por qué. El libro está compuesto por 36 hojas de tela sobre tela. A mediados de los 90, la artista vació un armario lleno de telas, sábanas, pañuelos, vestidos… que había acumulado desde los años 20. Con estas telas confeccionó las increíbles composiciones del libro. La combinación de colores que utiliza (por cierto, el verde no aparece por ningún lado), la manera en que cose los retales para componer las formas abstractas, es de un gusto impresionante.
Esta obra, ejecutada casi al final de su vida, es un resumen de su trayectoria vital y artística. El dibujo y los textiles habían estado presentes en la vida y la obra de Louise Bourgeois desde que era una niña, ya que su familia se dedicaba a la restauración de tapices antiguos en Francia. Desde los quince años, ella ayudaba a dibujar las partes que se habían perdido del tapiz, y su madre cortaba, cosía y recomponía los diferentes fragmentos. En la obra de Bourgeois aparecen muy frecuentemente las agujas, como metáfora de la presencia de la madre, o con un simbolismo freudiano-sexual (“Cuando era pequeña, todas las mujeres de mi casa usaban aguja, Siempre he sentido fascinación por las agujas, por el poder mágico de las agujas. Las agujas sirven para reparar los daños. Tratan de conseguir un tipo de perdón”), los hilos, la ropa, las tijeras, las madejas de lana (“las madejas de lana son un refugio acogedor, como una red o un capullo”), el bordado…
El libro Oda al Olvido es quizá la reconciliación final con la madre-tejedora (a la que Louise tachaba de demasiado “intelectual” y poco maternal), gracias a la capacidad de las agujas para “unir”, para “reconciliar fragmentos”, para olvidar obsesiones y traumas infantiles, para enfrentarse al miedo a la disgregación.
Ahora parece que es más fácil entender una de las obras más emblemáticas de la artista, la escultura llamada Maman (Mamá), de 1999. Es una gigantesca araña de aspecto amenazante, pero que a la vez es la “madre tejedora” que protege a sus huevos bajo su vientre. “La araña es una oda a mi madre. Era mi mejor amiga. Como una araña, mi madre era tejedora [...] Como las arañas, mi madre era muy lista […] Las arañas son útiles y protectoras, como mi madre”.
Por cierto, este fin de semana voy a Bilbao, así aprovecharé para hacer una visita a Maman.
My Bed, de Tracey Emin, continuadora del “confessional art” fundado por Louise Bourgeois
El libro Ode â l’Oubli (Oda al Olvido), de 2002

Algunas de las composiciones con telas de Ode â l’Oubli (Oda al Olvido)
Escultura de Louise Bourgeois en la expo de La Casa Encendida
Maman (Mamá) en el Guggenheim de Bilbao
Me encantan las manos “trabajadas” de Louise Bourgeois. Manos que moldean, que cosen, que dibujan, que cortan, que se manchan. ¿Deberíamos, como ella, trabajar más con las manos y menos con el ordenador?




























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